Enseñanzas de la risa

( Enseñanzas de la risa, Por Eduardo Jáuregui )

Cuenta una leyenda China que en tiempos remotos, tres monjes viajaban juntos compartiendo su sabiduría con la gente del gran imperio oriental. No predicaban sermones sobre la iluminación ni se esforzaban por convertir a nadie con ingeniosos argumentos filosóficos. Al llegar a cada aldea, se dirigían a la plaza principal y sencillamente explotaban a reír en una triple y sonorosísima carcajada. La gente del pueblo en seguida salía de sus casas corriendo para averiguar qué es lo que tenía tanta gracia, y al ver a los tres monjes desternillándose en el suelo, emitiendo ola tras ola de hilaridad, no podían sino contagiarse. Incluso los sujetos más serios y avinagrados acababan cayendo presos del embriagante buen humor de estos monjes, convirtiéndose el pueblo entero en un enorme y caótico jolgorio de comicidad.

 ¿De qué reían estos tres monjes? Nadie, nunca, logró sacarles una explicación. Sin embargo, todos se contagiaban de su risa, como si en lo más profundo de su ser, de manera intuitiva, entendieran a la perfección el misterioso y divertidísimo chiste que conscientemente no lograban descifrar. Y lo más curioso es que nosotros, al oír el cuento, aceptamos que incluso si los tres monjes no son más que los simpáticos personajes de una leyenda ficticia, podían haber existido. Es como si sospecháramos que detrás de la fachada del trajín cotidiano de la vida, con sus esfuerzos, ambiciones, amenazas, luchas, éxitos y desastres, se esconde efectivamente una colosal broma.

 

El Imperio de la Seriedad

Si es así, en la sociedad occidental parecemos haber desterrado estos monjes a un lejano exilio. Aquí la sabiduría es cosa de filósofos y científicos solemnes que consideran la historia humana una casualidad sin sentido en un universo mecánico, frío y hostil. Para los que creen, la religión ofrece alguna esperanza, pero sólo después de atravesar este “valle de lágrimas” con la cruz a cuestas (¡y eso si se salvan de las torturas del infierno eterno!).

Aquí en Occidente, el humor se considera algo “frívolo” y de mero “entretenimiento”, que no se enseña en las escuelas ni se fomenta en el trabajo. Al contrario, las risitas y “las niñerías” se prohíben en la mayoría de los ambientes, quedando acotados a unos ámbitos cada vez más reducidos: el ocio, la familia, la pareja y las amistades. Mientras tanto, la seriedad está de moda, cotiza cada vez mejor y se globaliza. El Presidente Aznar, sin ir más lejos, a menudo hace gala de su propia “seriedad”, la de su partido y la de su nueva España, porque así podemos medirnos con la media de seriedad europea y con la del modelo de seriedad global: Estados Unidos. Y no se trata en este caso de mera retórica, porque según el último y muy sobrio informe de la Organización Internacional del Trabajo, el español medio trabaja prácticamente las mismas horas que el empleado americano o japonés (unas 1800/año), quedando muy por encima de la media inglesa (1700), alemana (1450) u holandesa (1350). ¡Menos bromitas con el tópico del español vago y trasnochador!

Y desde la capital del nuevo Imperio de la Seriedad que lidera George W. Bush, el mundo se interpreta en clave de drama: El tercer milenio se estrenó bajo un nuevo régimen de “terror” impuesto por “fanáticos suicidas” que nos obligan a luchar una “guerra permanente” contra el “eje del mal”. Como si no nos bastara con las amenazas de la pobreza, el crimen organizado, la superpoblación y los desastres ecológicos. Este mundo no tiene ni pizca de gracia.

¡JA!

Pero, ¿es esto sano? ¿Y es tan siquiera una visión certera? Según la perspectiva de numerosas tradiciones de sabiduría popular, filosófica y mística, más bien parece que nos hayamos vuelto locos: la vida no es tragedia, sino comedia, y es mejor reír que llorar. Según los budistas, al contemplar el mundo con desapego descubrimos que nuestros mayores dramas, hazañas y tesoros no son más que espejismos, pura ficción. Es por eso que el Buda y los dioses hindúes aparecen en las estatuas con una sonrisa o incluso riendo alegremente. ¡La vida no es más que una gran inocentada cósmica!

Esta risueña concepción del universo es común a toda la filosofía oriental. Los grandes maestros espirituales de la India, maestros también de la risa y de la comicidad, consideran que la mayoría vivimos la vida bajo una gran ilusión, y que la esencia del Yo es el ananda, la alegría o felicidad absoluta. Incluso el nombre que adoptan estos sabios contiene a menudo esta idea: Sivananda, Yogananda, Satyananda. El Taoismo considera que la racionalidad seria y lógica es inútil a la hora de explicar la Verdad, y por ello se basa en absurdas paradojas y aforismos dignos de Groucho Marx. Los maestros Zen realizan todo tipo de bufonadas y plantean adivinanzas surrealistas (koan) a sus discípulos para provocar la iluminación espontánea mediante una zancadilla metafórica o literal. Estos novicios pueden dedicar meses a meditar sobre la pregunta “¿Donde está el Buda?” sin lograr una respuesta que agrade al maestro, hasta que este último les deja atónitos con la imprevisible y profanadora respuesta: el Buda está… defecando.

En realidad, esta dimensión cómica existe en todas las tradiciones espirituales. El Islam es hoy tristemente famoso por el fanatismo de algunas sectas, pero también posee un gran tesoro de divertidas parábolas en la rama de los sufíes. En las sociedades tribales de África y de las Américas es muy frecuente la figura del “payaso ritual” que participa en todos los actos religiosos. A lo largo de nuestra propia historia, las diversas iglesias cristianas han reprimido los placeres y han prohibido la profanación humorística de lo “sagrado”, en contra del espíritu rebelde del fundador y de algunos seguidores (como San Francisco de Asís) que jugaban con los niños y se reían de fariseos e imperios. No obstante, el pueblo ha seguido celebrando sus carnavales y sus fiestas, en las que se invierten las reglas sociales y se da rienda suelta a la risa. También veneramos a los grandes cómicos que consiguen que nos tomemos la vida en broma. Chaplin, quizás el mayor entre los santos modernos de la comedia, consiguió que el mundo entero se riera incluso de las mayores barbaries del siglo veinte, como fueron el nazismo y las fábricas de la revolución industrial. En una ocasión explicó su secreto, que coincide con el de los místicos orientales: “la vida es una tragedia en primer plano, pero una comedia desde una perspectiva más amplia”. Amén.

 

Crecer con la risa

El autor Joseph Heller escribió que “de mayor, quiero ser niño”. Según esta ideología neomarxista (del marxismo de Groucho, no el de Karl), la madurez no equivale a la seriedad. Al contrario, el proceso de maduración emocional y espiritual supone mantener vivo el espíritu jovial del niño a pesar de las responsabilidades y conocimientos del adulto. En nuestra sociedad moderna, este espíritu queda sumergido por la vorágine de prisas, compromisos y deadlines (terrible palabro de moda que literalmente significa “la línea de la muerte”). Quizás esto explique en parte el impresionante crecimiento de la depresión, la ansiedad, la drogadicción y el suicidio en las sociedades “desarrolladas”.

La psicoterapia desde sus inicios ha dado una gran importancia al sentido del humor. Sigmund Freud, en su libro El Chiste y lo Inconsciente, consideraba que el humor permite al ego triunfar sobre todas las derrotas, obstáculos y tragedias de la vida. En los últimos 20 años, las aplicaciones del humor en la terapia mental y física han experimentado un enorme auge. Existen diversas escuelas y asociaciones de “risoterapia” y metodologías humorísticas para tratar el dolor, las fobias, el estrés, el trauma y otras patologías. El reciente éxito del cine español Planta Cuarta cuenta a la perfección la importancia de la risa y del sentido lúdico a la hora de afrontar y convivir con las tragedias de la vida, en este caso con el cáncer.

Pero el humor va más allá del tratamiento de la enfermedad, ya que potencia el crecimiento personal y emocional del individuo sano. Por ejemplo Waleed Salameh, editor de un libro de próxima publicación en España (El Humor y el Bienestar en las Intervenciones Clinicas, Desclee de Brouwer, 2004), ha desarrollado un completo sistema para fomentar el desarrollo de competencias emocionales basado en cuentos humorísticos como los de las tradiciones zen y sufí.

 

El monje que ríe

Recientemente pasó por España el Dalai Lama, el más célebre ejemplo de un líder espiritual con un gran sentido del humor. Tuve el privilegio de encontrarme durante unos instantes cara a cara ante este pequeño y humilde hombrecillo, en medio de una multitud. Aproveché la oportunidad para hacerle una pregunta: “Su Santidad, siempre está riendo y bromeando… ¿qué relación cree que existe entre la risa y la espiritualidad?” El líder tibetano se quedó muy serio y pensativo durante unos veinte segundos. Finalmente se pronunció: “Con la práctica espiritual, se consigue una tremenda fuerza interior. Con esta fuerza llega una gran paz. Y creo que de esta paz surge, de manera espontánea, el humor y la risa”. Con eso se echó a reír su célebre risa de niño travieso, me dio unas tortitas en la cara y siguió su camino entre el gentío.

Y yo me quedé con las ganas de realizar mi segunda pregunta: “Pero, ¿de qué se ríe Su Santidad?” El secreto de los legendarios monjes risueños sigue a salvo.

 

Consejos para reír más y mejor

Busca las situaciones que fomentan la risa

Los descansos, las reuniones sociales, los días de fiesta, las vacaciones y todas las situaciones informales con amigos, familia, pareja o compañeros.

Acércate a los niños

En la risa, nuestros mejores maestros son los más pequeños. Redescubre el juego, las cosquillas, los caretos, la tontería, los trucos de magia, las guarradas, los chistes malos…

Ríete de ti mismo

Sigue la recomendación del filósofo romano Plotino y de los místicos orientales de ver tu propia vida y el mundo entero como una obra de teatro y a ti mismo como un mero personaje. Verás que todo se vuelve bastante más cómico.

Botiquín del humor

Colecciona las viñetas, artículos, chistes, fotos y videos que más te hagan reír. ¡Usa en casos de emergencia… y cuando quieras!

Desarrolla tu sentido del humor

Es más eficaz crear tu propio humor activamente que consumir risas enlatadas. Existen técnicas, cursos y libros que te ayudarán a mejorar esta capacidad –¡dedícate a ello!

Practica la risa tonta

Cada mañana, colócate delante del espejo y practica reír sin motivo alguno durante dos minutos.

Expresa tus sentimientos

El humor no debería emplearse para disimular otros sentimientos como el miedo o la tristeza — para reír verdaderamente debes explorar y liberar todo tu mundo emotivo.

Controla el estrés

La risa reduce el estrés, pero también es más difícil reír cuando estamos estresados. Aprende e integra alguna técnica de relajación en tu vida.

Limita tu exposición a las noticias.
Es importante estar informado, pero… ¿Necesitas exponerte al drama y el terror del telediario y de la prensa todos los días? Y recuerda de contrastar estas malas noticias con las que traen el sol, los árboles, el arte y los corazones de tus seres queridos.

Da y recibirás

Si compartes bromas, risas y juegos con los demás, crearás relaciones divertidas y llenas de intercambios humorísticos. Si dañas a los demás con tus bromas, se alejarán e invitarás a que traten de ponerte en ridículo.  

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