Escritos XXXII

Al despertar, su dogma se convirtió en poder llegar a fluir con calma por el atroz océano de la conciencia. Entonces, a corazón abierto arriesgó. En su incesante movimiento renacía constantemente de su desequilibrio. Con su mente abierta lideró en creatividad para construir sobre todo aquello que lo destruía. Pero vibrar tan profundamente con cada detalle hacía cuestionarse continuamente su minuciosa opera, abandonaba su virtud en ociosas parábolas, hasta romperse en el hastío de su propia crudeza. Sólo en la contemplación consiguió cicatrizar su confusión, llenándose en ingenio para levantarse de los incansables vacíos y pisar fuerte en sintonía a su asimétrica razón de ser, fugaz y elevada fuente.

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